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23 febrero 2012

Querida Belinda:



Estoy ya algo cansado, pero muy feliz. El viaje ha sido un acierto; reconozco que ya, queda poco de lo que yo venía buscando; pero poder pasear por los lugares de la infancia, es algo grande. Esta ciudad ha crecido enormemente, apenas puedo reconocerla; solo en pequeños rincones que han conservado la belleza de lo antiguo. Querida, mis primos son, como siempre te decía, personas muy agradables, ellos se encargan de llevarme y traerme de un lado a otro, orgullosos como están del progreso y los cambios que se han producido en su entorno. Me preguntan continuamente sobre mi estancia en América y nuestra vida juntos y por tu salud y la de nuestros hijos.

Hoy he decidido irme solo, me apetece bastante, para poder pensar, porque cada rincón que reconozco, me trae un recuerdo y necesito recrearme en él. He tomado el metro, me han dicho que me llevará cómodamente al lugar que quiero ver hoy. Para mí esto es nuevo, cuando yo me fui, aquí no había ni suburbano, ni tranvía; el viejo que iba, en mi infancia, por Gregorio Balparda, para ir al Hospital, ya había desaparecido bastante antes de irme. Ahora G. Balparda se llama Autonomía y el tranvía parece una culebra verde que se pasea por la parte más turística. No sé si es porque tiene pocos años, pero este metro me ha parecido muy bonito y limpio, así que ha sido agradable viajar en él. En las proximidades de la ciudad el convoy va por túneles y de pronto, deslumbra un haz de luz solar que se apodera del espacio, al salir del último. Y ya, el resto del viaje es todo al aire libre.

Así se puede dar uno cuenta de lo que es y sobre todo lo que fue mi ciudad, en otros tiempos. La salida al mar aún está llena de barcos, atracados a las orillas; esqueletos en formación que serán grandes pequeros más tarde, viejas grúas que trepan al cielo, como sombras negras y también algunos mercantes que necesitan arreglo y otros que irán pronto al desguace. Esto me trae recuerdos de la vuelta a casa, después de un día de playa, en el tren, y las puestas de sol rojas como un infierno, por el calor de los altos hornos que siempre quemaban y quemaban combustible. Cuanto más cerrada la noche, más rojo se dibujaba el horizonte. Un poco más allá, justo cuando el mar ya se une al caudal del río, formando la gran ensenada, un pequeño puerto acoge a una flotilla pesquera, llena de color; acaban de volver de faenar y la rodean cientos de gaviotas chillonas.

He bajado del metro, que continua su camino por la costa. ¿Recuerdas aquél puente del que siempre te hablaba, que iba colgado de cables y cruzaba la ría? He pasado, sentado en un banco, un buen rato mirándolo y dejándome llevar de los ensueños. Mi madre, que cubría su cabeza con un pañuelo anudado en lo alto, la cesta de la comida, mis bañadores de tirantes, los de volantes de mi hermana. Mi padre, que aunque fuera a la playa, seguía con sus calcetines, sus zapatos y sus tirantes, siempre serio y a la vez tan alegre. Después, me he ido a pasear por la Avenida que bordea la costa. Enfrente está el Superpuerto, en el que los petroleros y otros barcos de gran calado, cargados de contenedores, llevan y traen las mercancías hasta o desde mares lejanos. Pero aquí, junto al paseo, los barquitos del Club de vela, peinan el aire cálido y éste agradece el favor haciéndoles repicar los aparejos.

No sabes, mi amor, cómo me gustaría que pudieras estar aquí conmigo, porque es realmente hermoso. He caminado mucho, pero ha merecido la pena. Hay preciosos chalets que miran a la bahía y que rodean el paseo. Son casas señoriales que llevan aquí mucho más de un siglo. Desde sus ventanas, pueden contemplar este espacio enorme, en el que se ven toda clase de barcos. Al resguardo del gran murallón que protege una de las playas, la más grande, aún hay otro puerto, este lleno de yates y motoras que esperan a los domingueros para que las saquen de paseo y muy al fondo, un enorme pantalán donde atracan los grandes transatlánticos que llevan a la gente de crucero. Cuando yo me fui apenas algo de esto existía.

Pero, como te he contado en mis otras cartas, yo tenía una meta y aún no había llegado a ella. El olor a mar me ha rodeado todo el camino; por el que iba, apenas he visto gente, bordea la playa y lleva hasta un rincón precioso que se podía ver a lo lejos. Trepando por una colina, hay un grupo de pequeñas casas blancas, que parecen un racimo de setas recién crecidas al sol. Una amplia escalinata lleva a ellas, la he subido nada más llegar; nunca pensé que aún podría hacerlo tan rápido. Pero sé muy bien lo que voy a ver desde arriba. La pequeña plazoleta duerme allí como siempre, a la sombra de los plátanos. Las mesas y sillas de madera, de esas que se pliegan, siguen colocadas en su sitio, mirando al mar, como debe ser. Coronando el último peldaño, justo a un lado, la vieja bolera, que ahora resguarda los juegos de los niños cuando llueve. Y más allá las estrechas calles por las que discurre el viejo barrio de pescadores.

He pedido una cerveza y con ella en la mano, me he sentado en los peldaños de la escalinata. Sudaba, he tenido que quitarme la chaqueta, ¡Ay¡ amor mío, ya no estoy para darme carreras. No puedo describirte mi emoción; estaba allí, como siempre, con el tiempo detenido, como cuando veníamos a ligar a las chicas los domingos. Y he mirado al mar y a mi puerto. Por mucho que he recorrido, nunca he podido olvidar este rincón. Porque la parte más hermosa de todo este entorno está aquí en el Puerto Chico, apenas un puñado de arena y un espigón grueso y negro, un par de docenas de botes amarrados, que cuando baja la marea quedan varados al fondo, y una entrada y salida barrida por las corrientes en la bajamar. Allí me bañaba en verano, entre los cabos y las maromas, pasando de una barca a la otra, lanzándome al agua desde lo alto de alguna de ellas, allí he visto ponerse el sol en los atardeceres, a los pescadores salir a la captura del jibión y en la noche cerrada, sus pequeños faroles de luz opaca, brillando en la negrura. Por las mañanas, las mujeres bajaban a ayudar a sus maridos y si tenías suerte, te vendían algo de la pesca de ese día y por eso sabíamos tan bien, la diferencia de un pescado a otro, en forma, color y sobre todo sabor.

Recostados en la hierba, en la entrada a la playa, como viejos tiburones muertos, reposaban las embarcaciones que ya no servían o las de los marineros que ya no podían salir a la mar.  Contemplábamos el horizonte al anochecer, protegidos por los costados, a veces a babor, a veces a estribor, de su vieja madera con olor a sal y a marisco. Enamorábamos torpemente a las niñas y fumábamos cigarrillos, robados en casa a nuestros padres. Hoy el sol aún está alto, brillan, a lo lejos, las embarcaciones de nuevas fibras y los cristales de los coches, aparcados cerca del puerto. El mar va y viene sobre la arena, adornándola con una especie de bigotillo negro a lo largo de la pequeña playa. Cuando llega la bajamar, asoman las rocas, en las que pescábamos quisquillas, carramarros y algunos pececillos inocentes; ahora están también negras y no huelen a marisco, pero este sigue siendo el Puerto Chico que guardaba en mis recuerdos.

He vuelto al hotel, querida y lo primero que hago es escribirte, quiero contarte, ahora que aún está fresco en mi memoria, todo lo que he visto. Hoy solo quiero hablarte de las cosas bellas que recuerdo y aún existen, no de las luchas obreras en las fábricas, de la falta de libertad, del miedo a ser detenido o de la escasez de recursos. De todo aquello que me empujó un día a dejar mi país para irme a uno al otro lado del Atlántico. Sé que Margarita te leerá mi carta dándole a cada una de mis palabras, el tono adecuado para que tú veas con tu imaginación lo que deseo decirte y puedas sentir y ver en tu interior toda su belleza.

Cuídate mucho, mi vida. Dentro de nada estaré de nuevo contigo. Mi viaje de vuelta, ahora, no durará tanto como aquél que me llevó a tu país y a conocerte. Y podremos abrazarnos y volveremos a nuestras conversaciones de siempre.

Te quiere, Miguel.

14 febrero 2012

No te metas en líos

Concurso de Relatos Bubok
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A Boni le gustaran mucho las angulas y además, aquellos minúsculos pececillos eran un buen pico para el presupuesto familiar. Cada otoño, al anochecer, salía de casa con su farol, cedazos,  un buen trozo de queso y pan en la cesta y la bota de vino colgando del hombro. Bien abrigado, aunque sabía que le tocaría pasar frío y que los huesos le dolerían durante una buena temporada. Se sentía bien. En su casa se acostaban como las gallinas, a las nueve todo el mundo, personas y animales, ya dormían en el caserío.

Con la boina bien calada hasta las cejas, bajaba por la cuesta hacia Las olas, la playa de su pueblo y luego, por el paseo marítimo, a buen ritmo se encaminó hacia la embocadura del río, allí donde moría fundiéndose con el mar. Sentado en el pretil, su amigo Boni vigilaba el sedal de las cañas, atentamente.
-    Aupa Txomin! ¿Qué tal la pesca hoy?
-    Ya sabes Boni, no hay mucho que pescar. Pero algo siempre cae: hoy una mojarra y dos lubinas de buen tamaño. Espera,  que recojo y me voy contigo, que quiero ver si encuentro algún lenguado en la entrada de la ría. Te veo con el farol, así que irás a angulas, seguro. ¿Cuándo vas a decirme por donde las pescas?

Txomin y él eran vecinos desde hacía muchos años; vivía en el caserío Mendigoikoa, que lindaba con sus tierras de pastos y siempre se habían llevado bien. El deporte favorito de Mendi era indagar  dónde echaba Boni Aurtenetxea, del caserío Aspaldiko, los reteles. Porque el de Aspaldiko era una leyenda entre los anguleros.  Boni llevaba saliendo a pescar aquellos diminutos pececitos desde que pudiera recordar; su aitxitxe le llevaba en su barca y pasaban la noche parados en medio de la ría, silenciosos y expectantes, a la espera, como dos depredadores vigilando a su víctima.

Las angulas son peces curiosos, dicen que son las crías de las anguilas, estas desovan en lugares muy alejados del pueblo de Boni, pero las corrientes y el tiempo acaban empujando a los pececillos hasta aquel  mar frío, para luego hacerles subir de nuevo, buscando remansos para transformarse en lo que serán de adultas.

-    Agur Txomin, que tengas suerte en la pesca, ya me dirás pues – Boni no gastaba demasiadas palabras. Le gustaba más escuchar que hablar.
-    Gero arte, Boni. Veo que hoy tampoco, eres un zorro que se esconde bien. Pero si quieres te acompaño jajaja…
-    No, prefiero estar solo que tú no callas, jeje eres lo más parecido a una vieja cotilla.

Podía quedarse en la orilla, buscar los recodos por donde él sabía que las angulas descansaban de su viaje, dudó un momento si quedarse en la allí o remar al centro de la ría y esperar pacientemente a que la corriente empujara a las angulas que aún eran jóvenes y se dejaban arrastrar. Optó  por lo último y remó despacio. Lo primero que hay que tener para ser angulero es paciencia y mucho aguante a las inclemencias del tiempo. Él tenía todo eso y una cabeza que siempre estaba dando vueltas a las cosas. Pensó en el dinero que sacaría por la pesca de aquel día. Si era buena le sacaría un puñado de duros a Gervasio el del restaurante La Gaviota y también al alcalde, que siempre le tenía dicho que las primeras debían ser para él. Incluso podría llevarle algún kilito a la Martina la pescadera, para que las vendiera a la mañana en su tienda al triple de lo que le había pagado a él. Eso sería suficiente para pagar al Joseba, porque si no le daba lo que le debía, este no dudaría en reclamárselo y se enteraría Itxaropena de que había vuelto a jugar y de nuevo había perdido. No quería pensar en ello, porque esperaba solucionarlo y nadie lo sabría. Joseba era un bruto a todas horas, pero mucho más cuando alguien le debía dinero del juego y no le pagaba; él también tenía que dar cuentas a los mafiosos de las apuestas y estos no se andaban con bromas si las cuentas no estaban claras. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, no sabía si de miedo o de frío.


A eso de las seis de la mañana la cesta estaba a medias, envueltas en el lienzo blanco habría unos cinco quilos de angulas; no serían suficientes, pero aquella noche ya no daría más de sí. Tomó los remos y empezó a aproximarse a la orilla. Aún estaba oscuro cuando vio una lucecita que temblaba en el recodo; alguien pescaba por allí; ¿Quién se atrevía? nunca había visto a nadie en aquel lugar; todo el  mundo sabía que aquella era, más o menos su zona. Respetar  el lugar de trabajo de los demás, era una ley no escrita. Dejó que la corriente arrastrara silenciosamente la embarcación hacia la orilla y echó una ojeada a ver si veía al ladrón.  No había nadie, así que decidió meterse entre los arbustos para pescarlo in fraganti. Escondido allí, como un furtivo, pudo verle, recostado en el tronco de un árbol cortado, con las manos sujetas tapándose el estómago, plácidamente dormido. Sin meter ruido se paró frente a él y vio que no le conocía de nada. Miró en su cesta y comprobó que había hecho una buena captura, claro, se dijo, cómo voy a pescar yo.

Estaba furioso, aquel hombre le había robado lo suyo. Ya se iba con mucho sigilo para no despertarle, cuando lo pensó mejor y volvió sobre sus pasos, metió la mano en el cesto y sacó el atadillo de angulas y se alejó de allí.

A media mañana, todo el mundo hablaba en el pueblo de la suerte del Boni, que había pescado como unos diez kilos de angulas aquella noche y había recibido buenos duros por ellas. En aquel lugar no había secretos fáciles de guardar, así que no pudo ocultárselo a  Itxaropena que, en cuanto lo supo, tomó aquel dinero y lo guardó en la caja metálica cerrada con un candado, que escondía en algún lugar del caserío, tan secreto que ni el mismo Boni lo conocía. Lo buscó por todos lados, pensando que si podía encontrarlo y coger lo que debía, luego ya le contaría  a su mujer algo para convencerla, pero sobre todo, quería que no se enterara de que había vuelto a jugar y tenía deudas de nuevo. Bastantes disgustos habían tenido ya  en otro tiempo a causa de ello. Y, sobre todo, porque le había jurado que no volvería a apostar en el frontón nunca.

Empezó a no dormir por las noches como entonces, no sabía qué hacer para salir del apuro. No se atrevía a salir del caserío, por temor a encontrarse con el bruto de Joseba y le reclamara el dinero, sin importarle si Itxaron se enteraba o no. Una y otra vez se preguntaba para qué le había servido robar a aquel hombre. Por más vueltas que le daba a la cabeza no veía ninguna solución. Lo más sencillo era haberle contado todo a su mujer y ella le ayudaría, pero no podía hacerlo, no tenía derecho a darle aquel disgusto, después de que la última vez, había estado a punto de perder el Caserío a causa de las deudas.


El miércoles fue un día horrible, amenazaba lluvia y empezaba a hacer frío. Boni había madrugado bastante, sacó las vacas al río  y las dejó en los pastos de arriba. Vio al hombre recostado en un árbol del camino, entretenido en limpiarse las uñas con mucho cuidado, con una navaja de hoja corta y bien afilada. Cuando se cruzaron, Boni se quitó la boina y saludó: egun on.  El hombre le miró fijamente y sin decir una sola palabra, se acercó a Boni y le clavó la navaja en el vientre.
-     ¡Cabrón!  - Le dijo - te vas a acordar de mí por robarme mientras duermo.
Boni apretaba la herida, mientras veía la sangre que brotaba entre sus dedos. Se lanzó contra aquel hombre y a cabezazos consiguió hacerle correr, antes de irse, hizo una cruz con los dedos y la besó, diciendo:
-    Te vas a arrepentir de esto el resto de tu vida. ¡Como me llamo Agustín!
De nuevo el pueblo se vio alborotado con la noticia: Boni estaba en el Hospital en la ciudad, muy grave y no se sabía cómo acabaría aquello. Todo el mundo hablaba: que si había sido una cuchillada, que si un tiro, otros decían que se había caído por el acantilado.

 Joseba secaba los vasos en la barra de su bar, murmurando :
-    Me cago en todo lo barrido! este cabrón es capaz de morirse con tal de no pagarme lo que me debe. Y a ver que hago yo cuando vengan los Pepes a cobrar.

02 febrero 2012

Sin alas (El sueño de volar)

LXXIV Edición del concurso de relatos: EL VIENTO

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Yo soñaba con volar, no puedo recordar desde cuando tengo ese sueño. Subir muy alto y dejarme caer lentamente pasando a través del aire, como si fuera un tren circulando a gran velocidad. Y lo bueno de esto es que yo estaba seguro de que algún día iba a hacerlo.

Soy un hombre corriente, no hay nada en mí que sobresalga, mi aspecto es de lo más normal y mis actitudes también, incluso mis aptitudes. He estudiado, tengo un trabajo mediocre y una mujer tan normal como yo. Pero, cada noche sueño que vuelo, que las nubes me envuelven y el viento peina mi cabello y azota mi cara. Siento la ingravidez de mi cuerpo y la sensación de vacío dentro de él y sé que me he transformado en un pájaro que vuela libre, subiendo y bajando, yendo a izquierda y derecha…. Pero, por la mañana, despierto y vuelvo a mi vida mediocre pegada a la tierra.

Estaba mirando a aquel hombre que hablaba y hablaba, me miraba fijamente y parecía que iba a salir de la pantalla de la televisión de un momento a otro; seguro que era un charlatán de esos que te dicen cómo tienes que vivir y cómo no. Pero yo le escuchaba con atención porque parecía hablar solo para mí:
-Si tienes un sueño, lucha por él.

¡Coño! ¿Cómo sabía lo de mi sueño? Bueno, pensándolo bien ¿quién no sueña con algo o alguien?
Y lo he conseguido, hoy he volado; sí, sí… no estoy loco, he volado por primera vez. No sabría cómo explicarlo, ha sido algo grande, terrible, inolvidable. No creáis, me ha costado mucho decidirme; parecía que estaba preparado, que había hecho suficiente introspección sobre el asunto y que sabía muy bien lo que quería.  Pero colocarse al borde del precipicio allí, empujado por el viento, con el cielo tan cerca, las cosas se ven diferentes, te sientes minúsculo, una especie de nada sumergida en un todo realmente impresionante. Y entonces algo te atenaza, comprime tu vientre hasta provocarte ganas de  mear y tu cabeza se pregunta qué haces allí, porqué vas a hacer eso, qué ganarás y qué perderás con ello. Total: estás muerto de miedo. Pedro, mi monitor durante todo este tiempo, insistía en lanzarse conmigo al menos esta primera vez, pero yo quería vivir esta experiencia solo, como lo había soñado. Me ha costado mucho convencerle, lo he conseguido porque le he asegurado que si no, lo haría en cuanto él se fuera. Y porque, además, no estoy seguro de que esto se vaya a repetir más veces.

Después de haberlo pensado durante tanto tiempo,  ahora que podía hacerlo por fin, no iba a abandonar por un poco de temor. Así que apreté mis pantalones por ese lugar que ya todos imagináis y sin pensarlo más me lancé al vacío. 

¡Cielos! Recibí un sopapo en la cara, nada más lanzarme; el viento contrapuesto a mi caída retrotraía todos los músculos de mi cara y los pliegues de mi ropa, apenas conseguía respirar de tanto aire como entraba en mis pulmones y además, estaba tan apurado que no lograba ver nada, me parecía que estaba cayendo a tal velocidad que, sino me espabilaba, mi viaje se habría acabado antes de que me diera cuenta. Conseguí tranquilizarme un poco y abrí los ojos y entonces vi a la bandada de pájaros que me driblaban asustados sin saber de dónde había salido yo y preguntándose qué hacía allí en su propio terreno. Yo caía suavemente y ellos me seguían piando alegres, seguro que se preguntaban  por qué los seres humanos estábamos tan locos.



Extendí mis brazos y separé las piernas, quería alargar al máximo el momento y eso me ayudó a planear un poco más lentamente, así que pude fijarme en las cosas. Las nubes parecían cubrirme como una manta esponjosa y juguetona, iban y venían de un lado a otro y estaban tan cerca que, a veces, me escondía dentro de ellas. Cuando miré hacia abajo sentí un retortijón en mi estómago y estuve a punto de devolver. ¡Qué lejos estaba el suelo, qué pequeño se veía todo! Sopló una ráfaga de aire y me dejé llevar hacia el este, suavemente, sin prisa. El sol tenía una luz opaca, cubierto por una de esas neblinas matinales que lo descomponía en piezas como si fuera un puzle.  Yo estaba extasiado, todo aquello lo absorbía ansiosamente porque ya sabía que aquella era la primera vez, pero no volvería a repetirse nunca. Una ráfaga de viento me hizo rodar sobre mi mismo, la tierra daba vueltas y vueltas… ¿o era yo el que las daba? Y empecé a caer. Por más que movía mis brazos yo caía, girando como uno de esos abuelos que voltean sobre sí mismos cuando en verano el aire los arranca del suelo.
Me entró un pánico tremendo, me pregunté, dando voces que nadie podía escuchar, qué hacía allí arriba, quién me había mandado a mí hacer esa locura. Y como ya sabía la respuesta traté de serenarme un poco y cuando lo conseguí, recordé todo lo que había aprendido; lo primero conservar la calma y después mover los brazos según las normas, primero frenar la caída, luego equilibrar mi cuerpo y después bajar despacio buscando el sitio adecuado para caer y moverme hacia él sin dudar.

Quise echar una última mirada al mundo visto desde arriba, sentir la brisa paseándose por mi cara, la presión del viento en mi ropa, la alegría de la libertad, la belleza de la tierra acercándose rápidamente; el campo tan bien parcelado, los bosquecillos de pinos, algunos con sus copas blancas por causa de la procesionaria, las casitas agrupadas unas con otras. Era lo de siempre pero se veía tan diferente, tan hermoso. Estaba ya muy cerca del claro donde todo aquello había empezado; allí había dejado mi coche y desde allí había trepado trabajosamente hasta la cima de la montaña y allí era donde había elegido que iba a caer.
Maniobré suavemente, el  tirón me produjo un fuerte dolor en los hombros,  dando pequeños empujones he conseguido llegar al suelo y por fin he puesto  los pies en la hierba, el viento me empujaba y me ha hecho correr y  rodar por el suelo una y otra vez. Huele a campo  aún húmedo  del rocío de la mañana y por fin he frenado con el culo hacia arriba y las piernas retorcidas. Sentado en el suelo contemplo la cima desde la que me he tirado, vuelvo a ver las nubes y el sol, que ahora hace horas que calienta, entre los árboles del bosquecillo aguarda mi coche, por el camino que serpentea mucho más abajo circulan dos camiones que se cruzan y se ignoran. Otra visión del mundo también hermosa, pero tan diferente. Recojo toda la tela, la doblo despacio, la meto en su funda y pienso a quién voy a regalársela. Yo, desde luego, no pienso volver a usarla. A partir de ahora volaré, pero lo haré como siempre: en sueños.

17 enero 2012

Señora mía

                                                            Concurso de Relatos Bubok - Relatos negros
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Colgó el teléfono, temblaba y su cara parecía de cera. Encendió un cigarrillo y miró a la calle. Solo podía ver las oscuras ventanas de las torres que, frente a la de su oficina, formaban parte de aquella nueva zona de negocios en el Ensanche.
Las cosas se estaban poniendo feas y dentro de poco podían hacerse públicas y se arruinaría su carrera. Apuró el cigarro nerviosamente, recogió el bolso y se puso el abrigo. Mientras esperaba el ascensor miró el reloj, las ocho y media, hacía horas que debiera haberse ido a su casa pero aquel asunto le preocupaba y no le dejaba pensar sensatamente. Como todas las noches últimamente, decidió ir andando, el aire fresco la ayudaría a despejar la cabeza. Subió bien el cuello de su abrigo y se abrazó a sí misma para protegerse del frío; aún había gente por las calles pero dentro de poco aquella zona quedaría totalmente desierta. Atravesó el puente y se dirigió directa al Comodoro, la humedad se pegaba al pelo, las aguas del río bajaban negras y amenazadoras; le apetecía tomar una copa y luego se iría a casa.
Aquellos hombres se reunían en el paseo que bordeaba el río, bajo los arcos del puente, resguardados en uno de los huecos que se formaban entre los pilares y una especie de caseta para controlar las luces de la zona. Eran unos cuantos, tumbados sobre cartones y abrigados con viejas y sucias mantas, tomando tragos de vino peleón, buscando entrar en calor.
Tomó la copa pensando en ellos, personas aparentemente sin pasado, ni presente y casi seguro que sin futuro, sin nada que perder; ya en la calle hizo una señal al coche que la seguía y se fue a casa. No le esperaba nadie, hacía tiempo que vivía sola. Se duchó se puso cómoda y preparó una ensalada. No le había dado importancia a aquello, nunca. En realidad lo había olvidado completamente hasta el día en que recibió la primera carta con aquella fotografía. Luego fueron otras con algunas más y una especie de currículo donde se contaba en qué circunstancias se habían hecho. Al poco empezaron las llamadas.
Reconoció la voz, por mucho que trataran de distorsionarla.


Roque buscaba entre la ropa desperdigada por la habitación una camisa que aún pudiera ponerse. El desorden reinaba por todas partes, la cama sin hacer, la mesa llena de restos de comida, en la pequeña cocina un despliegue de vasos, platos y sartenes sucios. En la que encontró parecía no haber ninguna mancha, estaba arrugada, pero podría servirle. Caminaba rápidamente, como si lo que iba a hacer fuera muy urgente. Subió la calle tomó el metro y luego el 79 que le llevaría hasta la Plaza de Chile, entró en la cabina telefónica e hizo la llamada. Empezaba a hartarse, aquella zorra pensaba que no hablaba en serio, a lo mejor creía que no se atrevería a cumplir su amenaza. No sabía bien quién era él, aunque debiera recordarlo, no creía que hubiera olvidado el tiempo que pasaron juntos.
Volvió a tomar un autobús que esta vez le llevó a las afueras de la ciudad y le dejó justo frente a un edificio marrón, lleno de pequeñas ventanas, algunas con rejas gruesas. Subió las escaleras y desapareció por la puerta.


La reunión, aquella mañana había sido dura. Todo se complicaba. Se dejó caer en el sillón de su despacho, encendió otro cigarro – tendría que dejar de fumar- y al fin dejó a su mente resbalar por el recuerdo de que había recibido una nueva llamada amenazándole y que tendría que hacer algo si quería que aquello acabara.


Yuri no pensó que en España tendría que mendigar y vivir en la calle. Era un hombre educado, había sido militar en su país y creyó que tendría suerte. Y así fue hasta que llegó la crisis y todo se fue al traste, prefería no pensar en ello. Otra noche más vio acercarse a  la mujer rubia y elegante que miraba insistentemente hacia el rincón donde se reunían. ¿Qué andaría buscando? Se preguntó, subió al puente y le salió al paso
-    ¿Me da un cigarrillo, por favor? ¿Y fuego?
Se miraron a los ojos, encendieron ambos un cigarro y dieron las primeras caladas escrutándose con la mirada.
-    ¿De dónde eres? – dijo ella
-    Rumano, del norte – tenía un bonito acento.
-    Te invito a una copa.
La miró sorprendido. Alguna viciosa, pensó. Pero no podía desaprovechar la oportunidad de tomar una copa gratis. Caminó detrás de ella, hoy no le seguía el coche negro. Miró a hurtadillas y no lo vio por ningún lado. Curioso que anduviera por esas calles solitarias, sola en plena noche. Metió sus dedos por el pelo y alisó su ropa, intentando aparentar normalidad.

Ella pidió que les hicieran unos bocadillos de jamón, se los sirvieron en una mesa en un rincón  oscuro, como si fuera una cita furtiva, aunque apenas había nadie allí. Unos gin-tonic hicieron las veces de postre.
-    ¿Trabajas? – preguntó ella
-    No, que más quisiera.
-    ¿Estarías dispuesto a trabajar en lo que fuera?
-    Si – Y miró aquellos fríos ojos directamente. Se entendieron sin palabras.


Esta vez contestó a la llamada mucho más segura de sí misma.

-    Ya te lo he dicho, Roque, no me vuelvas a llamar, no vas a conseguir nada de mí.
-    Ya lo creo que sí nenita, sabes que si la prensa se entera de tu secreto, las lenguas se afilarán y eso no será bueno para tu campaña. Y lo que te pido no será difícil para ti.
-    ¿Y luego qué me pedirás? Tú sabes de sobra que esto es un chantaje y que podría denunciarte.
-    Hazlo, querida, hazlo y todo se hará público. Te doy una semana de plazo, necesito el dinero y también los papeles que te he pedido.


Caminaba por la calle oscura, en medio de la niebla que se levantaba del río como un manto roñoso. Sus pasos lentos, la cara oculta por las solapas del abrigo y un cigarro en los labios. El hombre le salió al paso, brotando como un fantasma de la puerta de un portal. La tomó del brazo y la llevó poco menos que en volandas.

-    ¿Dónde vives? - Preguntó
-    Cuidado, Yuri, me siguen y podrían verte.
-    Despídeles y diles que yo te acompaño.
-    No quiero.
-    Te conviene hacerlo
Volvieron a mirarse a los ojos y supo que aquel hombre era capaz de cualquier cosa.


Subieron a su casa. Nicolás, el conserje de noche la saludó con una sonrisa cómplice en los labios, no era la primera vez que volvía acompañada.

Le dijo que iba a ponerse cómoda y sacó del cajón de la mesilla el pequeño revolver que le había regalado Roque cuando aún vivían juntos.
Yuri había preparado unos cócteles y escuchaba música mirando por la ventana. Parecía un hombre de mundo, incluso su aspecto había mejorado mucho. La tomó en sus brazos y comenzaron a bailar. Estaba sorprendida y no supo resistirse. Cuando la besó en el cuello y luego en los ojos hasta finalmente llegar a su boca no opuso resistencia, fascinada por la situación.

-    Yo voy a cuidar de ti – le dijo al oído – nada ni nadie te hará daño si te portas bien conmigo. Eres muy hermosa y me gustas mucho. Podríamos pasarlo muy bien los dos juntos. Déjame que te haga el amor, olvídate de todo.
Estuvo a punto de sacar la pequeña pistola del bolsillo del blusón, pero su cuerpo temblaba de deseo, aquel hombre era muy hábil y últimamente no había tenido mucho tiempo para aquello.

Roque tomó el autobús pensando que esta vez iba en serio y si ella no quería entenderlo lo comprendería en cuanto viera la primera imagen en el Todo Noticias del día siguiente:

“En el preciso momento en que la Vicepresidenta primera del Gobierno, postula en las primarias de su partido para presentarse a las elecciones generales de Marzo, como aspirante a la Presidencia, una noticia se ha hecho pública: Carmela Santisteban Sánchez es madre de una niña disminuida psíquica; lo escandaloso del hecho, que en sí carecería de importancia, es que la Santisteban dejó abandonada a la niña al poco de nacer en un orfanato de la ciudad, al saber que nunca podría ser normal, poniendo en peligro su carrera .”

Sonrió malévolamente. Apenas habían pasado unos meses desde que salió de la cárcel, había sido todo un error, sus socios le habían engañado vilmente, y aún así había pagado con seis años de su vida. Y nada más salir se encontró con la existencia de aquella niña, desconocida hasta entonces para él. La zorra de su ex le anunció que también era suya y que si él lo quería, la tomara a su cargo, ya que ella no tenía ninguna intención de hacerlo. La cría le importaba una mierda, aún así le prometió que lo haría a cambio de un par de favores urgentes. Ella se negó terminantemente. Muy bien, ella lo había querido y ahora tendría que hacerlo a la fuerza.

Era de noche y había llovido mucho, del asfalto brotaba un vapor espeso; bajó en la parada más próxima a su casa, cruzó de acera justo por detrás del autobús, en ese momento un coche pasó velozmente y chocó contra Roque arrastrándolo unos metros. El conductor bajó del coche rápidamente, hurgó en los bolsillos de su abrigo y se fue corriendo. El suelo estaba húmedo y muy frío, abrió y cerro la boca dos veces, absorbiendo el aire desesperadamente. Tosió y una mancha roja asomó por sus labios, con ojos aterrados miró a un lado y otro. Para cuando llegó la ambulancia ya había muerto.
A nadie le pareció extraño que en el piso del muerto reinara el más total de los desórdenes; como nadie había forzado la puerta y aparentemente no faltaba nada, la policía resolvió que aquella muerte había sido un accidente y cerró el caso.

En el Teatro Nacional, Carmela Santisteban, en su primera salida oficial como Presidenta de la Nación, contemplaba a las bailarinas danzando delicadamente, Justo detrás, a su espalda, recostado contra la pared, un hombre rubio y atractivo, que parecía extranjero,  miraba su nuca con una sonrisa satisfecha.

02 enero 2012

Mount Willy

Medalla de plata en el LXXII Concurso de relatos Bubok (Far west - lejano oeste)
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Nevaba esa noche, la luz mortecina dibujaba las sombras de las montañas en un claro oscuro tenebroso.

- No tengo frío – dijo Willy – pero estoy harto de andar mojado. No me mires con esos ojos de ternero, tú también lo estás y además no quieres taparte.

Recogió los calzones y la camisa del tenderete pegado al fuego y una vez vestido se sirvió un café bien cargado y caliente. Apenas le quedaban unas galletas duras como la piedra y carne seca y salada. Pensativo se preguntaba qué hacía allí y a dónde iba. Cogió su rifle, se cubrió bien con el capote y se caló el gorro que se había hecho con el primer zorrillo que cazó, cuando aún era muy joven. Tenía que encontrar algo que comer, si quería sobrevivir a aquel frío intenso del invierno.
- Vuelvo pronto, no te muevas – le dijo a Brandy – veré si encuentro algo para ti también.

El camino que habían hecho el día anterior había desaparecido completamente, Willy miró al cielo, amanecía, intentó orientarse por la luz, los árboles y las sombras. Pronto le dolieron los pies por el frío, a pesar de que se había confeccionado unas estupendas botas de piel de oso. Se lo había encontrado muerto; jamás se hubiera atrevido a enfrentarse con él a no ser que hubiera sido irremediable; ahora estaba demasiado viejo. Y cansado. Nunca había pensado en el futuro, le gustaban su libertad y los grandes horizontes, vivir a su aire, siempre había tenido muy pocas necesidades. Últimamente cada vez más a menudo, pensaba en dejar todo aquello.

El conejo asomó la cabeza confiadamente husmeando en el aire, él también buscaba algo que comer; dispuso su rifle y disparó. Comería, por fin, carne fresca. Siguió su camino, el viento desprendía la nieve de los árboles y al caerle encima le empapaba, pero estaba acostumbrado a las inclemencias del tiempo y continuó su marcha. De nuevo tuvo suerte y cazó otra pieza y luego otra. Después buscó algún lugar donde la hierba aún se conservara seca, la encontró bajo una oquedad en las rocas.

Volvió contento; entre tanto sus huellas habían vuelto a desaparecer, ocultas bajo la nieve, pero enseguida encontró la cabaña en la que se habían refugiado. Cortó dos ramas hermosas con su pequeño machete y las arrastró penosamente hasta la casa. Por lo menos tendría madera para el fuego, pero era preciso que se secara un poco, así que la acercó al hogar y después de quitarse la ropa húmeda, él hizo lo mismo.

- Ya estoy de vuelta Brandy, te traigo algo para que comas. Podremos irnos pronto, parece que la tormenta se aleja. Si conseguimos orientarnos en la nieve, bajaremos al valle e intentaremos llegar a algún sitio civilizado, necesitamos provisiones.

Peló uno de los conejos que había cazado, lo hizo cuidadosamente para no estropear la piel que luego, en primavera, podría servirle para confeccionarse unos buenos mocasines. Después atravesó al animal y colgó el palo sobre las brasas, a una cierta distancia para que no se quemara, no tenía prisa y prefería que se asara despacio. Puso agua en el pequeño caldero y echó en ella los menudos del animal y dejó que cocieran, podría tomarse un caldo caliente. Un escalofrío recorrió su espalda, aunque había colocado hojas y ramas contra la puerta y ventana de la cabaña, a modo de protección, el aire helado parecía colarse por todas partes. Se envolvió en su manta y se pegó al fuego.

- Estoy cansado Brandy, este invierno he pensado mucho en ello, tal vez sea el momento de que dejemos esta vida, aunque no sé vivir de otra manera; antaño me encontraba por las montañas con Lobo-James, el Francés y algún otro trampero; solíamos compartir la cabaña y pasábamos lo peor del invierno preparándonos para la primavera, mientras nos contábamos viejas historias. Lobo vivió con los indios mucho tiempo, le habían salvado la vida en una ocasión en que los lobos andaban hambrientos y se habían tropezado con él. Lo dejaron mal herido, le faltaba una oreja y tenía las piernas llenas de cicatrices.

Fuera se escuchó un ruido, de vez en cuando rechinaban las maderas del porche o se escuchaba un ligero roce en la puerta de la cabaña. Miró afuera, a través de la cortina, todo parecía tranquilo. Quizá fuera un oso, pensó.

- Tendremos que andar con cuidado, amigo, puede que sea un oso, o lobos, que también estarán hambrientos, les habrá llegado el olor a asado. Esperaremos al mediodía y entonces iremos a dar una vuelta y podrás moverte un rato y respirar el aire fresco. Yo miraré en el arroyo a ver si puedo pescar algo para ponerlo en salazón, tendremos comida para cuando volvamos al camino.

Se quedó dormido junto al fuego en cuanto comió, su estómago estaba acostumbrado a la frugalidad, para que, llegado el momento, no le pidiera más de lo que le podía dar. Empezó a soñar, como siempre; esta vez lo hizo con el río, no éste, sino aquél que decían daba oro. Había pasado allí tres años, llegó pobre y pobre se volvió a los bosques. Pero había aprendido mucho de los hombres y también había perdido parte de su ilusión e inocencia. También conoció a Deborah y se enamoró locamente de ella. La primera mujer a la que amaba, la primera a la que hacía el amor. Ambos eran jóvenes. Menuda y vivaracha, siempre riéndose, siempre bondadosa con todo el mundo a pesar de la dureza de su vida, Deborah quiso seguirle, pero ¿cómo iba a sobrevivir en aquel ambiente tan salvaje una muchacha como ella?

- Si mañana levanta, Brandy, nos iremos. Esta noche he soñado con ella, y tengo el presentimiento de que me está esperando, o de que le pasa algo y me llama. Ya, ya sé que aún el tiempo no está muy seguro y que sigue nevando, pero siento que tengo que ir, no podría quedarme aquí pensando que ella me necesita.

Tuvieron que esperar aún una semana. La ventisca azotaba durante el atardecer y las noches eran heladoras. Ahora nevaba menos pero el bosque seguía cubierto por una capa blanca que apenas dejaba distinguir las viejas huellas que señalaban los caminos. Mientras, él preparó salazones y reforzó su trineo de madera para que soportara bien el peso. Le quedaba ya poco café, harina o azúcar, apenas algunas latas de judías o espinacas, tendría que administrarse bien.

Extendió la gruesa manta de piel sobre el lomo de Brandy, primero le había cepillado a conciencia sus preciosas crines y cola; era un buen caballo, fuerte y obediente y su mejor amigo. Después enganchó el trineo a sus costados, dejó todo bien ordenado en la cabaña, si otro la necesitaba que lo encontrara todo en su sitio y por fin se puso en camino.
Estaba nervioso, tenía la sensación de que algo iba a suceder, se arrebujó en su abrigo de pieles y azuzó al caballo para que caminara ligero. Quería llegar cuanto antes a Mesa Verde.

No la vio. La raíz sobresalía del suelo, formaba un arco y se alejaba cuesta abajo, el caballo saltó suavemente sobre ella pero el trineo, pesado por la carga, dio un brinco y torciéndose de costado, volcó. Willy, medio adormilado, no pudo sujetarse a ningún lado, se dio un golpe en la cabeza y cayó rodando por el terraplén hasta llegar al ribazo por donde murmuraba el arroyo del deshielo. Y perdió el conocimiento.

Brandy apenas podía moverse, su cuerpo había quedado retorcido y con aquella carga sujeta a él. Tumbado sobre la nieve relinchaba llamando a su dueño. Cuando Will recobró la consciencia se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba sumergido en el agua helada. Las piernas no le respondían y el terror se apoderó de él. Sabía que si seguía allí mucho tiempo, moriría. El agua bajaba rápidamente monte abajo y estaba cada vez más fría, o eso le parecía a él. Llamó a Brandy, escuchó sus relinchos a lo lejos, pero por más que le pedía que viniera, el caballo no parecía moverse, lo que quería decir que algo le pasaba a él también.

- Tengo que levantarme, si sigo aquí voy a morir. Debo salir del agua y ver si puedo llegar hasta Brandy, quizá podré taparme con una manta, si es que no hemos perdido el trineo. Pero no puedo mover las piernas, me mata el dolor.

Se arrastró por la nieve, la ropa chorreando agua, pronto el dolor empezó a desaparecer y no sentía nada. Apenas había recorrido un par de metros cuando tuvo que parar. Sentía un gran peso en el pecho que no le dejaba respirar. Siguió arrastrándose cuesta arriba. Su cuerpo iba dejando un surco húmedo en la nieve. Empezó a verlo todo nublado. Estaba muy cansado y le pareció que iba a desmayarse. Cuando despertó se sentía bien, estaba tranquilo, no sentía dolor, no tenía miedo. Su boca estaba seca, trató de llamar a su caballo, articulaba las palabras pero no brotaba ningún sonido. Nevaba de nuevo, no sabía cuanto tiempo había permanecido inconsciente, pero la nieve le había cubierto casi totalmente como si fuera un manto helado y ya no sentía frío, solo una sensación de bienestar que lo adormilaba. Sabía que iba a morir. Miró la luz entre los árboles, oscurecía, escuchaba el agua manando arroyo abajo, la brisa que soplaba entre las ramas, respiró entrecortadamente. Era una buena manera de morir, pensó, allí en el lugar donde había vivido siempre. Llamó una vez más a Brandy, pero solo movió los labios. Ya no se oían sus relinchos. Quería dormir, se estaba tan bien allí, ya no le dolían las piernas, ni las manos heladas y todo su cuerpo parecía dormido, solo necesitaba cerrar los ojos y descansar en paz.

12 diciembre 2011

Espejismo



El dorado de la tierra se mezclaba con el brillo de oro del cielo amaneciendo, Jawara caminaba a paso ligero por el camino, apenas marcado por las rodadas de los pocos coches que solían circular por allí; algunos árboles se interponían en su camino y extendían sus secas ramas hacia el cielo, como buscando agua para la sed. Sentía los olores,  los colores, veía las tiendas bajas y blancas a pesar del uso, que formaban pequeñas islas de lona, donde vivían los hombres que se dedicaban a cuidar los rebaños de vacas rubias y flacas, las colinas de arena arremolinada por los días de tormenta, por las que solían deslizarse sus amigos y él,  cuando ya habían terminado con las labores que los mayores les asignaban.


Ahora,  en aquella habitación olía a cerrado, a humanidad, al espeso aire de la mezcla de comidas de diferentes composiciones. Allí tenía una cama y una tercera parte de un armario, cuya madera cobijaba a un enjambre de polillas. Todavía le sobraba sitio, porque apenas poseía lo puesto y poco más. A su lado, en la otra cama, tan pegada a la suya que apenas dejaba espacio para moverse, roncaba Enmanuel, un camerunés que, como él, había soñado con una vida mejor.


Se dio cuenta de que en el pueblo no tenía futuro cuando cumplió los catorce años. Tenía doce hermanos y él no era ni el mayor, ni el pequeño. Dentro de poco uno de ellos ocuparía su lugar cuidando el rebaño y ayudando a la madre con las labores pesadas del hogar y él tendría que ganarse la vida. Ese pensamiento ocupaba su cabeza en las largas horas cuidando el rebaño, o durante las largas caminatas acarreando encargos para su madre ¿qué podía hacer, entonces? Tendría que irse a Dakar, como casi todos los jóvenes de la comarca, en busca de un trabajo. 

La primera impresión cuando llegó a la capital no fue precisamente buena. Las calles seguían siendo de tierra, unos regatos malolientes discurrían por el centro, el polvo que levantaban los viandantes y algunas bicicletas, se pegaba a la garganta. En el arrabal las casas eran una mezcla de madera y lona; puertas afuera las mujeres cocinaban agachadas delante del fuego en negros pucheros de barro, los niños sorbían sus mocos y jugaban con la tierra. Las primeras noches Jawara durmió bajo el cielo estrellado, con la espalda contra una pared de barro, su mochila bien sujeta y con un ojo abierto.

Recorrió la ciudad y finalmente se acercó al puerto y vio el mar; fue verlo y saber  que su vida estaba ligada a aquella enorme llanura líquida, decidió que quería quedarse cerca, debía buscar trabajo y lo hizo descargando barcos. Estaba ya al borde de la desesperación cuando por fin pudo cobrar el primer jornal.  Seguía durmiendo en la calle y fue allí donde conoció a Maimouna; envuelta en su túnica de colores,  con la cabeza cubierta, atravesó el callejón que había elegido para dormir aquella noche. Parecía que los pocos dientes que aún le quedaban fueran a escaparse de su boca desdentada. Le propuso alquilarle un catre en su casa por pocos CFA.


Jawara no sabía nada de hilos y costuras pero se ofreció al sastre que pedía un aprendiz.  En un año había aprendido el oficio y también había conocido a Mamadou. Fue su primer amigo, nunca había tenido ninguno. Trabajaba para un tendero haciendo los recados y su cabeza era una jaula llena de planes. El principal era salir de Senegal e irse a Europa. Aquella era su meta. Todo el mundo hablaba de trabajo, dinero, coches,  bienestar al alcance de la mano de quien quisiera trabajar. Cuando reunieron el dinero cerraron el negocio con el tratante y emprendieron el largo viaje.
Todo lo que Jawara sabía del mar es que era enorme y frío; por eso se embarcó en aquella aventura sin pensar en otra cosa que en su necesidad de salir de la miseria. Subieron diez en aquella cáscara de nuez desconchada y medio podrida y costearon desde Dakar a St. Louis, durmieron en la arena y al día siguiente volvieron a salir hacia Nouàdhibou. El resto del camino, atravesando el Sahara hasta llegar a Marruecos fue un infierno, tuvieron que caminar sin descanso, esconderse de las patrullas, soportar el calor y el hambre. Pero todo merecía la pena, porque iban a encontrar una vida mejor. En Larache tuvieron que volver a pagar por un lugar en la patera. Jawara desenvolvió el atadillo con el resto del  dinero que había viajado con él escondido en su ropa interior.
¿Cuántos quedaron por el camino? No pensaba en ello, quería borrar los recuerdos del horror vivido a toda costa. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando pisó la arena de la playa en España. Decían que allí les acogerían bien, pero que era mejor salir corriendo y que nadie los parara, porque a los que se dejaban coger los devolvían a su país. Jawara corrió, corrió tanto que su corazón se escapaba por su boca, los pulmones le quemaban y los pies también de pisar la arena ardiente. Pero consiguió escapar y allí comenzó su aventura, aquella por la que iba a mejorar su vida, por la que iba a encontrar un lugar al que pertenecer y donde trabajar y vivir seguro.

Y ahora no podía dormir y eso no era bueno porque hacía mucho tiempo que le pasaba y porque al día siguiente tendría que levantarse muy pronto si quería trabajar ese día, saldría a la plaza a esperar que alguien buscara braceros para los toldos o el campo, cualquier cosa que le permitiera  al menos pagar el precio de aquella cama, no quería volver a la calle, tenía miedo, mucho miedo y no podía retrasarse porque había muchos esperando como él. 


©Rosa García

29 noviembre 2011

Viaje de ida y vuelta

Medalla de bronce en el LXX Concurso de relatos Bubok

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Серге́й Па́влович Дя́гилев


Volvían a sobrevolar la Tierra; por más veces que la viera siempre volvería a emocionarse con su belleza. Si maravilloso era el Universo en toda su grandeza, aquel planeta del que habían partido hacía ya dos años, producía un éxtasis difícil de superar. La mente de Robert Jiménez era analítica y poco dada al misticismo, pero volvía a casa convencido de que aquella maquinaria perfecta que funcionaba con tanta precisión y belleza, no podía haber surgido de la nada. Jamás había podido entender como algo puede nacer de nada; hubo un tiempo en que el concepto de nada había ocupado su cabeza y le había descolocado profundamente.

Tendría unos trece años, no lo recordaba bien, cuando tuvo aquel sueño: caminaba por un lugar extraño de una belleza deslumbrante, nubes espesas y grises que semejaban hechas de algodón de plata, cubrían el cielo de manera que parecían unirse al suelo por el que él caminaba. Estaba solo en aquella inmensidad y extrañamente no sentía miedo. Desde entonces había estado preparándose  para el viaje que ahora finalizaba.

Le había costado años de estudio, entrenamiento, dedicación, soledad y disciplina. Cuando por fin llegó el día era una máquina perfectamente preparada y programada para cumplir cualquier misión fríamente.

Cuando llegó el momento, Glenda,  siempre práctica, quiso que se casaran. Robert no estaba seguro de que fuera una buena idea, podía suceder que algo no saliera bien y no volverían a verse nunca. Pero accedió y un mes antes de partir contrajeron matrimonio. No faltaron las flores, el vestido blanco y las alianzas. Pudieron pasar unos días solos en la costa y luego se dijeron adiós en la Estación Espacial entre lloros y abrazos. Fue la cara que vio cuando se volvió a echar la última ojeada, antes de penetrar en la nave.

¿Con qué palabras podía describir lo que habían visto? El Universo era un lugar maravilloso que sobrecogía el ánimo. Cada estrella, planeta o astro se situaba en su lugar y seguía la dirección que le correspondía. De vez en cuando algo sucedía que de pronto iluminaba una constelación o tal o cual asteroide y todo parecía cambiar. Pasaron cerca de la luna Encélado, con sus chorros de gas en su polo sur que ocultaban parcialmente al pequeño satélite Epometeo, y los anillos de Saturno asomando por arriba en una composición llena de armonía. No era igual, no, no lo era, ver todo aquello desde allí, tan cerca, que en las imágenes que enviaba la sonda Cassini.
Pero se movían a tal velocidad que, de vuelta al espacio familiar, los perfiles que antes parecían manchas azules y verdes o el claro oscuro  que dividía el planeta en dos, ahora marcaban sus contornos y se empezaba a distinguir qué parte de la Tierra estaban sobrevolando.
Entraron en periodo de adaptación, la nave había frenado su marcha y planeaba lentamente esperando órdenes. Robert meditaba sobre lo que encontraría al volver. Necesitaba ver a Glenda y saber si algo había cambiado  entre ellos durante aquel tiempo, además sabía que les harían miles de preguntas y él aún no quería responder ninguna, porque todo lo que había sentido era íntimo y él mismo necesitaba meditar sobre ello para entenderlo. El programa de aterrizaje era tan denso que apenas dejaba tiempo para pensar. Seguía con todas aquellas imágenes impresas en sus retinas, nunca las olvidaría.
Dos años de ausencia eran suficientes como para que una mujer se olvidase de un hombre, aunque también para reafirmar los viejos sentimientos. Robert se preguntaba cuál de los dos casos sería el suyo.

Todo su entrenamiento previo había resultado valioso para aquel viaje: se trataba del desarrollo de una tecnología muy avanzada para poder viajar en el tiempo. Ya sabían que no se podía retroceder al pasado, pero los científicos creían que sí se podría ir hacia el futuro. Su viaje buscaba confirmación a esta hipótesis. De momento era secreto de Estado.


Tuvieron que pasar aún trámites incómodos y rutinarios, pero por fin pudieron abandonar la zona reservada al personal cualificado. Como pequeñas hormigas, un grupo respetable de gente se movía inquieta en la gran sala de la Estación Espacial.
Aquella mujer le recordaba a su suegra, pero ésta había muerto hacía tiempo. Se acercaba a él llorando y frotándose las manos nerviosamente. Le abrazó. Robert permaneció petrificado y con los brazos caídos, sin saber que decir.
-    ¡Robert! Soy yo. Soy Glenda.
-    ¿Glenda?
-    Sí, Glenda. Creíamos que habíais muerto, nos dijeron que habíais muerto y que no volveríais. Pero de eso hace ya tantos años ...
-    ¿Creíais, os dijeron, quiénes? – Robert se sentía mareado, debía ser problema de adaptación.
-    Los responsables de vuestra misión: un día nos reunieron a todos los familiares y nos explicaron que no debíamos esperaros, que rehiciéramos nuestras vidas porque seguramente no volveríais nunca.
-    ¿Qué te ha pasado? Pareces tu madre, no lo entiendo, de hecho he creído que eras ella.
Su mujer rompió a llorar de nuevo desconsoladamente.
-    Han pasado cuarenta años Robert. Me he hecho mayor.
             ¿Cuarenta años? – empezó a temblar, ahora sí sentía miedo, en su cabeza se apagó una luz y se quedó a oscuras – No puede ser, solo han  pasado dos. ¿Qué broma es esta?
-    No sé explicártelo, pero ellos nos han dicho que vuestro viaje trataba de averiguar si era posible viajar hacia el futuro. Y lo habéis conseguido.

Robert se miró en la gran cristalera que iluminaba aquel lugar, no se apreciaba bien pero se vio a sí mismo. Apenas unas tímidas canas adornaban sus sienes, era todo lo que había cambiado su aspecto. La piel de Glenda había perdido la suavidad que tanto le gustaba, su cuerpo se había redondeado y ya no tenía aquella elasticidad de entonces y se había casado, tenido hijos y ya era abuela.
En poco tiempo se dio cuenta de que todo a su alrededor era diferente. Comenzó a sentirse un extraño, ningún sitio era el suyo.  Un día desapareció, sin saber cómo ni por qué, no le buscaron y no volvieron a verle nunca más.