La niña lloraba desconsoladamente, el padre la tomó en brazos y acunándola le cantó la vieja canción que le enseñó su abuela. Lucía cambió el llanto por una risa alegre que se escuchó por toda la casa...
Natalia dejaba resbalar su dedo índice por la página, marcando la línea que estaba leyendo aplicadamente. A su lado, Pipo y Ramona, sus hermanos pequeños, la escuchaban atentamente esperando los acontecimientos y sobre todo disfrutando del énfasis que su hermana ponía cada vez que les leía aquella historia. La sombra bajo la que se resguardaban del sol, iba deslizándose poco a poco y en la ciénaga se transparentaba el fondo lleno de lodo y hojas podridas por la humedad. Los niños metían los pies en el agua fresca mientras comían sus meriendas.
- ¿Tú sabes lo que es un papá? –preguntó Liula a su hermana Cala – ¿les oyes cómo dicen siempre papá y mamá. Me parece que nosotras no tenemos de eso ¿no crees?
- No, no tenemos, nosotras sabemos desde pequeñas cómo cuidarnos solas, ya lo sabes.
Bien sujetas a la punta de la rama húmeda de un lirio, se dejaban balancear por la corriente a la vez que miraban por entre el agua clara a los niños sentados en la orilla. La ciénaga era su hogar, allí habían nacido y allí vivirían la mayor parte de su vida. Eran apenas visibles al ojo humano y sin embargo había cientos como ellas alojadas en aquel paraíso tranquilo. Liula era inconsciente, atrevida y muy inquieta y por eso siempre andaba trepando por unas ramas y otras y se alejaba de su grupo tanto que a veces le costaba volver a él. Pero el mundo era tan grande y había tantas cosas raras y hermosas en él, que no podía dejar de explorarlo para conocerlo todo.
- Cualquier día de estos – informó a Cala – me iré y veré cómo viven los humanos lejos del estanque, es muy aburrido hacer siempre las mismas cosas, comer los mismos insectos y ver las mismas larvas. Yo quiero vivir fuera del charco, estoy segura que podría hacerlo.
- Tendremos que esperar nuestro turno, Liula, llegará pronto y entonces saldremos al mundo y sabremos lo que hay en él.
- Sí, ya lo sé, pero estoy impaciente y quiero que ese momento llegue pronto.
Y así fue, primero le tocó a Cala por ser la mayor, desapareció un día y Liula no volvió a verla. Una mañana ella también se despertó sintiéndose muy rara, a algunas de sus compañeras larvas también les pasaba lo mismo. Sintió un impulso incontrolable de trepar por la rama de un lirio y llegar a la superficie. Una vez allí, su cuerpo sufrió una fuerte sacudida, una transformación dolorosa que la convirtió en una preciosa libélula. No entendía qué le estaba pasando, pero sabía que era algo inevitable que formaba parte de su vida. Se vio a sí misma reflejada en el agua y se sintió orgullosa de su nueva apariencia.
Tenía dos pares de alas membranosas y llenas de nervaduras muy complejas que se extendían a los lados cuando se quedaba quieta, era esbelta y podía mover la cabeza a un lado y otro y eso le permitía verlo todo con unos ojos grandes que se juntaban en el vértice. Pronto comprobó que tenía una dentadura fuerte y que con ella podía triturar cualquier insecto que cazara para alimentarse. No era difícil quedarse parada entre las plantas y lanzarse en picado cuando algún mosquito se ponía a su alcance. También se dio cuenta de que era muy fuerte y que cuando lucía el sol, podía volar muy lejos.
Había otras muchas similares a ella revoloteando por las cercanías de su pequeña ciénaga, por eso se acordó de su hermana Cala e intentó ver si la distinguía entre todas ellas. Fue preguntando a una y otra si la conocían, pero todas se reían de ella porque no sabía cuál era la obligación de las libélulas cuando se hacían adultas. Por eso decidió que iba a aprovechar el tiempo conociendo todos aquellos lugares que había podido atisbar desde el agua, entes de que llegara su momento.
Pasaron los días y Liula, sin saber por qué, siempre volvía a la charca; allí conoció a Taicro, que fue su compañero durante un tiempo y vio crecer y morir los nenúfares y plantas que vivían en ella y alimentaban a los muchos mosquitos y otros insectos, sus habitantes. Pasado un tiempo, un deseo irresistible le hizo pensar que debía volver al agua, a pesar de que sabía que tal vez muriera si se mojaban sus preciosas alas, tan delicadas y transparentes, pero el instinto le empujaba a hacer lo que tenía que hacer, tal y como habían hecho siempre todas las libélulas del mundo.
Eligió un lugar que le pareció seguro, justo debajo de la gran hoja de un delicado nenúfar, y depositó cuidadosamente las huevas que llevaba en su interior; nadie se lo había dicho nunca pero era algo natural, la razón de su existencia. Después movió sus cuatro alas rápidamente, casi con desesperación y con el aire que levantaban consiguió que se secaran pronto, entonces salió volando y dio vueltas y vueltas sobre el agua, vigilando aquellas diminutas huevas que pronto cobrarían vida y saber así que crecerían seguras hasta que también a ellas les tocará transformarse en preciosas libélulas voladoras.
Ramona agitaba sus pies en el estanque haciendo círculos con el agua, las flores y hierbas se acunaban en las ondas y en el fondo el lodo levantaba pequeños remolinos.
- Natalia ¿Por qué esos mosquitos de alas grandes vuelan todo el tiempo por encima del agua – Preguntó a su hermana – no se aburren de hacer siempre lo mismo?
- No lo sé, cariño. Dicen que las libélulas vuelan así porque cuidan las huevas que ponen, hasta que nacen las pequeñas larvas.
La niña se quedó mirando pensativa a aquellos pequeños y misteriosos seres que agitaban sus alas sin cesar dejando que en ellas se reflejaran los rayos del sol iluminándolas en un arco iris de colores.
©Rosa García

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