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14 noviembre 2011

Concurso relatos Bubok (2º ganador)


SAKURA


Seguía deslumbrado por la impresionante belleza de los paisajes que había podido contemplar antes de aterrizar en el aeropuerto de Tokio. Ahora nos deslizábamos en medio de una campiña de preciosos colores, de pastos y cultivos bien cuidados, en un tren que me adentraba en el mundo rural, lejos de las rutas turísticas. Ya había visto en otras ocasiones todo el esplendor de los Emperadores y el orgulloso mundo moderno de los japoneses, en esta ocasión deseaba conocer de verdad a un pueblo que se debatía entre su cultura ancestral y las nuevas tecnologías.

Conocí a Sakura durante aquel viaje en tren. Se sentó frente a mí y me miró con aquellos ojos almendrados e inocentes y ya no pude dejar de observarla. Era menuda y nerviosa, su pelo negro peinado en una media melena lisa y brillante y vestía unos desgastados vaqueros totalmente comunes en cualquier parte. No sé que edad tendría, pero era muy joven. No volvió a mirarme, sus ojos contemplaban el paisaje o permanecían entornados en un ademán discreto, eso me permitió a mí estudiarla a gusto y como tenía tiempo de sobra, dejar a mi imaginación volar fantaseando con ella, tan extraña para mí, en diferentes situaciones excitantes.

Para cuando anocheció y después de varias estaciones, nos habíamos quedado solos en el vagón. Sin quererlo seguramente, se fue durmiendo recogidas sus piernas sobre el asiento, en una postura que a mí me parecía incómoda; en varias ocasiones estuvo a punto de caer, despertando sobresaltada. Preocupado, me senté en el asiento a su lado y empujándole suavemente conseguí que apoyara su cabeza sobre mi pecho, después de pasar mi brazo por sus hombros. Me miró sobresaltada, la sonreí y no sé si porque estaba medio dormida o porque me encontró de fiar, volvió a cerrar los ojos y se durmió, esta vez profundamente.

Yo no pude pegar ojo, el cuerpo delicado y liviano de aquella mujer reposaba pegado al mío, su cabeza bajo mi barbilla me dejaba ver apenas su boca redonda y jugosa y su pelo despedía el aroma dulzón de alguna planta que no pude distinguir. Con mucho cuidado la cubrí con la pequeña manta tejida que ella había dejado sobre el asiento y me quedé muy quieto, sintiendo que allí, con ella, me encontraba a gusto, como si el objetivo de mi viaje hubiera sido encontrarla.
Aún no había amanecido del todo cuando llegamos a Fukuoka, mi destino y el suyo, al parecer. Después de varios días de reuniones y discusiones de trabajo, había decidido darme una vuelta por una ciudad que tenía fama de divertida y también de tener un buen ambiente cultural.

Sakura despertó sobresaltada entre mis brazos y vi cómo se sonrojaba; sin mirarme se inclinó ante mí y con una voz apenas audible, me pidió excusas, se levantó y desapareció de mi vista entre el gentío que se apresuraba por la estación.

Me dediqué a deambular por las calles disfrutando de aquel ambiente tan igual y a la vez tan diferente del mío habitual. Cada mujer que se cruzaba en mi camino tenía la cara de Sakura y me quedaba mirándola esperando que en realidad lo fuera y me sonriera indicándome que me había reconocido. Pero no la encontré hasta varias noches después. Bailaba y cantaba en un pub en la zona de Nakasu, al que yo me había desplazado porque me lo habían recomendado como el más divertido de la ciudad.
Llevaba un precioso vestido de un amarillo delicado, bordado con ramajes grises, que se ajustaba a su cuerpo como un guante y dejaba al descubierto sus piernas desnudas al menor de sus movimientos. En sus dedos brillaban unas larguísimas uñas doradas y su precioso pelo negro formaba un moño bajo adornado con flores del mismo color. Quedé deslumbrado, no solo por lo hermosa que estaba, sino además por la forma en que movía su cuerpo por el escenario y por su deliciosa voz de niña que susurraba la canción delicadamente. No pude despegarme de allí. Los hombres se le acercaban al finalizar el espectáculo y yo no me atrevía a hacerlo. Noche tras noche me situaba en un lugar discreto y la contemplaba. Necesité varias más para decidirme. La esperé a la salida; iba acompañada por una mujer madura y envolvía su cuerpo con una gabardina clara que la hacía parecer aún más niña. Me planté delante de ella sin decir palabra, solo la miré, creo que con todo el corazón en los ojos. Se quedó mirándome sin decir nada, en los suyos reinaba la indiferencia y yo creí que me moría de la decepción y la vergüenza. Pero, de pronto, fue como si se encendiera una luz en ellos y una alegre sonrisa se dibujó en su cara


No recuerdo cuales fueron sus palabras, no la entendí pues apenas hablo japonés. Luego se volvió a su acompañante y debió de despedirla porque, después de insistirle un poco, finalmente se fue. Caminamos tranquilamente cogidos del brazo como si fuera lo que habíamos hecho toda la vida. Notaba en el mío su pequeña mano que, de vez en cuando, lo oprimía como para cerciorarse de que estaba ahí. Cerca del río el aire se volvió húmedo y la rodeé con mi brazo, era tan menuda que su cabeza apenas llegaba a mi pecho. Nos paramos a mirarnos llevados por nuestra conversación, esta vez en inglés; se reía por mi manera de pronunciar algunas palabras en su idioma y yo solo veía su boca y sus ojos mirándome confiada. Me acerqué más a ella y pareció incomodarse, pero luego se quedó quieta, como si esperara algo. No podía pensar en otra cosa, deseaba besar sus labios y no sabía si debía hacerlo o era demasiado pronto. Debió leer mis pensamientos pues acercó a mi oído el objeto de mis deseos y susurró algo en él que no entendí pero que me produjo un escalofrío. Volví a mirarla, esta vez sus ojos estaban muy cerca, en ellos brillaba un punto de malicia y su boca roja se entreabría en una sonrisa abierta y confiada, no lo pensé más. Deposité en ella un beso suave, pasé mi lengua dulcemente por aquellos labios tibios y al ver que temblaba me detuve, esperando no sé qué.  Entonces fue ella la que se acercó y con pequeños bocados recorrió los míos, su cuerpo tembloroso y sus manos frías entrelazadas con las mías.
Después se separó de mí y volvió a caminar, esta vez más ligera, como si deseara huir de mí. La seguí, me sentía trastocado y débil, incluso asustado porque de pronto volviera a desaparecer de mi vida tal como había aparecido. Cuando se paró, volvió a mirarme y como dejándose llevar de un impulso me tomó de la mano y me dijo: Ven.

Vivía en un apartamento pequeño en la zona de Hakata, todo en él era como ella, diminuto y delicado, con un aire misterioso y un delicioso olor a plantas aromáticas suave y discreto. Me hizo sentar y me quitó los zapatos, después me pidió que me acomodara en unos cojines en el suelo detrás de una mesita baja llena de tacitas floreadas. Me pidió que esperara. Todo mi cuerpo era como un río caudaloso lleno de remolinos cuyas aguas bajaban desbocadas hacia mi vientre. De pronto se apagó la luz y vi un destello de luz titilante que se acercaba hacia la puerta, asomaron sus manos sujetando una bandeja en la que reposaban varias velas encendidas y una vajilla preparada para servir y después apareció ella… jamás olvidaré aquel instante, mi corazón dio un vuelco y empezó a palpitar velozmente. Sakura había peinado de nuevo su pelo, esta vez en un artístico moño atravesado por varias agujas, su cara estaba ahora muy pálida y sus ojos resaltaban en ella aún más negros, su boca era pequeña y muy dibujada, completamente roja. Vestía un precioso quimono de raso crema y dorados bordados y caminaba a pequeños pasitos sobre unas sandalias de madera.

Se arrodilló frente a mí y me sirvió delicadamente el té. Yo lo tomé sin recordar que no me gustaba. Solo tenía ojos para ella y lo que sucedía en mi cuerpo y mi mente. No tuvo prisa, hizo de mí un esclavo que solo ansiaba liberarse del tormento del deseo. Cuando finalmente llegó ese instante, yo ya no quería ser libre.

4 comentarios:

Luis dijo...

Simplemente una delicia. Un regalo de alguien tan sensible como tu. Un beso

S.M. dijo...

Destaco en este texto:
1º) El orden en los dos primeros párrafos de fuera hacia dentro a partir de la mirada: la impresionante belleza de los paisajes que había podido contemplar; Ya había visto en otras ocasiones todo el esplendor... Para saltar a la contemplación de la niña-mujer: me miró con aquellos ojos almendrados e inocentes y ya no pude dejar de observarla. La idea es de raíz platónica: el amante cruza los ojos con los de la dama y éstos quedan impresos en el alma; llega a los poetas renacentistas y está hasta la saciedad en Petrarca; resultado de esa idea es una frase que está algo más abajo: la miré, creo que con todo el corazón en los ojos; o una de las frases finales por más tópica que suene: Solo tenía ojos para ella. Del mismo modo -y es consecuencia de todo lo anterior- es clásica la descripción de la mujer: primero los ojos, luego lo demás: su pelo negro peinado en una media melena lisa y brillante; ejemplo ideal es el soneto XXIII de Garcilaso con el primer cuarteto para los ojos y el segundo para el cabello.
2º) El contraste siguiente entre paternalismo y sensualidad: a partir del párrafo tercero el texto empieza a variar de tono. De un lado, la soledad del vagón que podría desembocar en un acto sexual a lo Emmanuelle en el avión va a parar a lo contrario en tanto él cuida del sueño de ella y la tapa con la manta. Eso a su vez contrasta con una mayor sensualidad: su boca redonda y jugosa y su pelo despedía el aroma dulzón (que me perdone la autora, que sé que me perdona, pero si leo lo de boca jugosa me choca y sólo puedo esperar una felación).
3º) El reencuentro: producido el enamoramiento se recorre una secuencia tópica: separación, búsqueda infructuosa de la amada, reencuentro casual. Ahora la descripción va a ser aún más sensual: un precioso vestido de un amarillo delicado, bordado con ramajes grises, que se ajustaba a su cuerpo como un guante y dejaba al descubierto sus piernas desnudas al menor de sus movimientos. En sus dedos brillaban unas larguísimas uñas doradas y su precioso pelo negro formaba un moño bajo adornado con flores del mismo color. Se ha prescindido de su mirada o sus ojos pero, en cambio, el narrador sigue expresándose con verbos de ese campo semántico: la contemplaba... solo la miré, creo que con todo el corazón en los ojos.
4º) La serie final: también se decide a partir de los ojos. Primero ella Se quedó mirándome sin decir nada, en los suyos reinaba la indiferencia para saltar a que en sus ojos fue como si se encendiera una luz en ellos y una alegre sonrisa se dibujó en su cara. Ella le ha reconocido como el pasajero del tren y a partir se ahí se irá produciendo la aproximación: primero cogidos del brazo, sonrisas, susurritos al oído y beso. Aunque toda la escena se puede resumir en el camino que va de cogidos del brazo a manos entrelazadas. Es otro lenguaje, complementario al de la mirada y tan casto y sensual como ella. A partir de ahí, a casa.
5º) La transformación final: aparte la aparición de otro tópico clásico que yo también uso en mi texto, el del enamorado como prisionero (yo ya no quería ser libre) en esta zona final importa, según entiendo, no si se lo montan o no sino la transformación sufrida por la mujer. Compárense los
desgastados vaqueros totalmente comunes en cualquier parte del segundo párrafo con el precioso quimono de raso crema y dorados bordados del último. Pues como eso, lo demás: el té; la decoración del apartamento, que es extrapolación de la muchacha; el peinado, antes un moño bajo y ahora con agujas; los cojines en el suelo... Es decir, antes de entregarse -o no- la mujer se transforma desde la viajera soñolienta o la bailarina provocadora en una japonesa de verdad, es decir, se dota de su propia identidad. (Lo de que alguna de estas cosas son japonesas lo supongo, que yo del Japón sólo sé por dónde cae).

Rosa García dijo...

Muchas gracias a los dos por los comentarios. S. tienes una capacidad de análisis increible, siempre me ayuda lo que me dices cuando comentas lo que escribo.

Gracias a los dos de nuevo.

Un beso

julia dijo...

Una autentica maravilla.Me lo he leido tres veces y cada vez me gusta más.Besos enormes de luz.