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29 noviembre 2011

Viaje de ida y vuelta

Medalla de bronce en el LXX Concurso de relatos Bubok

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Серге́й Па́влович Дя́гилев


Volvían a sobrevolar la Tierra; por más veces que la viera siempre volvería a emocionarse con su belleza. Si maravilloso era el Universo en toda su grandeza, aquel planeta del que habían partido hacía ya dos años, producía un éxtasis difícil de superar. La mente de Robert Jiménez era analítica y poco dada al misticismo, pero volvía a casa convencido de que aquella maquinaria perfecta que funcionaba con tanta precisión y belleza, no podía haber surgido de la nada. Jamás había podido entender como algo puede nacer de nada; hubo un tiempo en que el concepto de nada había ocupado su cabeza y le había descolocado profundamente.

Tendría unos trece años, no lo recordaba bien, cuando tuvo aquel sueño: caminaba por un lugar extraño de una belleza deslumbrante, nubes espesas y grises que semejaban hechas de algodón de plata, cubrían el cielo de manera que parecían unirse al suelo por el que él caminaba. Estaba solo en aquella inmensidad y extrañamente no sentía miedo. Desde entonces había estado preparándose  para el viaje que ahora finalizaba.

Le había costado años de estudio, entrenamiento, dedicación, soledad y disciplina. Cuando por fin llegó el día era una máquina perfectamente preparada y programada para cumplir cualquier misión fríamente.

Cuando llegó el momento, Glenda,  siempre práctica, quiso que se casaran. Robert no estaba seguro de que fuera una buena idea, podía suceder que algo no saliera bien y no volverían a verse nunca. Pero accedió y un mes antes de partir contrajeron matrimonio. No faltaron las flores, el vestido blanco y las alianzas. Pudieron pasar unos días solos en la costa y luego se dijeron adiós en la Estación Espacial entre lloros y abrazos. Fue la cara que vio cuando se volvió a echar la última ojeada, antes de penetrar en la nave.

¿Con qué palabras podía describir lo que habían visto? El Universo era un lugar maravilloso que sobrecogía el ánimo. Cada estrella, planeta o astro se situaba en su lugar y seguía la dirección que le correspondía. De vez en cuando algo sucedía que de pronto iluminaba una constelación o tal o cual asteroide y todo parecía cambiar. Pasaron cerca de la luna Encélado, con sus chorros de gas en su polo sur que ocultaban parcialmente al pequeño satélite Epometeo, y los anillos de Saturno asomando por arriba en una composición llena de armonía. No era igual, no, no lo era, ver todo aquello desde allí, tan cerca, que en las imágenes que enviaba la sonda Cassini.
Pero se movían a tal velocidad que, de vuelta al espacio familiar, los perfiles que antes parecían manchas azules y verdes o el claro oscuro  que dividía el planeta en dos, ahora marcaban sus contornos y se empezaba a distinguir qué parte de la Tierra estaban sobrevolando.
Entraron en periodo de adaptación, la nave había frenado su marcha y planeaba lentamente esperando órdenes. Robert meditaba sobre lo que encontraría al volver. Necesitaba ver a Glenda y saber si algo había cambiado  entre ellos durante aquel tiempo, además sabía que les harían miles de preguntas y él aún no quería responder ninguna, porque todo lo que había sentido era íntimo y él mismo necesitaba meditar sobre ello para entenderlo. El programa de aterrizaje era tan denso que apenas dejaba tiempo para pensar. Seguía con todas aquellas imágenes impresas en sus retinas, nunca las olvidaría.
Dos años de ausencia eran suficientes como para que una mujer se olvidase de un hombre, aunque también para reafirmar los viejos sentimientos. Robert se preguntaba cuál de los dos casos sería el suyo.

Todo su entrenamiento previo había resultado valioso para aquel viaje: se trataba del desarrollo de una tecnología muy avanzada para poder viajar en el tiempo. Ya sabían que no se podía retroceder al pasado, pero los científicos creían que sí se podría ir hacia el futuro. Su viaje buscaba confirmación a esta hipótesis. De momento era secreto de Estado.


Tuvieron que pasar aún trámites incómodos y rutinarios, pero por fin pudieron abandonar la zona reservada al personal cualificado. Como pequeñas hormigas, un grupo respetable de gente se movía inquieta en la gran sala de la Estación Espacial.
Aquella mujer le recordaba a su suegra, pero ésta había muerto hacía tiempo. Se acercaba a él llorando y frotándose las manos nerviosamente. Le abrazó. Robert permaneció petrificado y con los brazos caídos, sin saber que decir.
-    ¡Robert! Soy yo. Soy Glenda.
-    ¿Glenda?
-    Sí, Glenda. Creíamos que habíais muerto, nos dijeron que habíais muerto y que no volveríais. Pero de eso hace ya tantos años ...
-    ¿Creíais, os dijeron, quiénes? – Robert se sentía mareado, debía ser problema de adaptación.
-    Los responsables de vuestra misión: un día nos reunieron a todos los familiares y nos explicaron que no debíamos esperaros, que rehiciéramos nuestras vidas porque seguramente no volveríais nunca.
-    ¿Qué te ha pasado? Pareces tu madre, no lo entiendo, de hecho he creído que eras ella.
Su mujer rompió a llorar de nuevo desconsoladamente.
-    Han pasado cuarenta años Robert. Me he hecho mayor.
             ¿Cuarenta años? – empezó a temblar, ahora sí sentía miedo, en su cabeza se apagó una luz y se quedó a oscuras – No puede ser, solo han  pasado dos. ¿Qué broma es esta?
-    No sé explicártelo, pero ellos nos han dicho que vuestro viaje trataba de averiguar si era posible viajar hacia el futuro. Y lo habéis conseguido.

Robert se miró en la gran cristalera que iluminaba aquel lugar, no se apreciaba bien pero se vio a sí mismo. Apenas unas tímidas canas adornaban sus sienes, era todo lo que había cambiado su aspecto. La piel de Glenda había perdido la suavidad que tanto le gustaba, su cuerpo se había redondeado y ya no tenía aquella elasticidad de entonces y se había casado, tenido hijos y ya era abuela.
En poco tiempo se dio cuenta de que todo a su alrededor era diferente. Comenzó a sentirse un extraño, ningún sitio era el suyo.  Un día desapareció, sin saber cómo ni por qué, no le buscaron y no volvieron a verle nunca más.

2 comentarios:

Luis dijo...

Empiezo por decirte que no se si mi comentario saldrá tantas veces como lo he intentado, espero que no pues sería aburrido por reiiterativo..

Mis carencias me impiden hacer crítica literaria, desde el punto de vista estructural y otros cánones, de tus relatos,pero comi simple lector he de decirte que me maraviila esa faciliad que tienes para consturi historias tan diversa, pero todas, impregnadas de ese sello tan tuyo . Siempre que termino de leer una de ellas mi mente me lleva a pensar en cosas.
Un beso

Rosa García dijo...

Gracias Luis por tu comentario. Lo de menos es si es erudito o no lo es; me interesa saber lo que han sentido al leerme, los muy preparados, los menos y los nada y no seas modesto que yo se lo que sabes.

Me alegro de leerte por aquí.
Un beso