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12 diciembre 2011

Espejismo



El dorado de la tierra se mezclaba con el brillo de oro del cielo amaneciendo, Jawara caminaba a paso ligero por el camino, apenas marcado por las rodadas de los pocos coches que solían circular por allí; algunos árboles se interponían en su camino y extendían sus secas ramas hacia el cielo, como buscando agua para la sed. Sentía los olores,  los colores, veía las tiendas bajas y blancas a pesar del uso, que formaban pequeñas islas de lona, donde vivían los hombres que se dedicaban a cuidar los rebaños de vacas rubias y flacas, las colinas de arena arremolinada por los días de tormenta, por las que solían deslizarse sus amigos y él,  cuando ya habían terminado con las labores que los mayores les asignaban.


Ahora,  en aquella habitación olía a cerrado, a humanidad, al espeso aire de la mezcla de comidas de diferentes composiciones. Allí tenía una cama y una tercera parte de un armario, cuya madera cobijaba a un enjambre de polillas. Todavía le sobraba sitio, porque apenas poseía lo puesto y poco más. A su lado, en la otra cama, tan pegada a la suya que apenas dejaba espacio para moverse, roncaba Enmanuel, un camerunés que, como él, había soñado con una vida mejor.


Se dio cuenta de que en el pueblo no tenía futuro cuando cumplió los catorce años. Tenía doce hermanos y él no era ni el mayor, ni el pequeño. Dentro de poco uno de ellos ocuparía su lugar cuidando el rebaño y ayudando a la madre con las labores pesadas del hogar y él tendría que ganarse la vida. Ese pensamiento ocupaba su cabeza en las largas horas cuidando el rebaño, o durante las largas caminatas acarreando encargos para su madre ¿qué podía hacer, entonces? Tendría que irse a Dakar, como casi todos los jóvenes de la comarca, en busca de un trabajo. 

La primera impresión cuando llegó a la capital no fue precisamente buena. Las calles seguían siendo de tierra, unos regatos malolientes discurrían por el centro, el polvo que levantaban los viandantes y algunas bicicletas, se pegaba a la garganta. En el arrabal las casas eran una mezcla de madera y lona; puertas afuera las mujeres cocinaban agachadas delante del fuego en negros pucheros de barro, los niños sorbían sus mocos y jugaban con la tierra. Las primeras noches Jawara durmió bajo el cielo estrellado, con la espalda contra una pared de barro, su mochila bien sujeta y con un ojo abierto.

Recorrió la ciudad y finalmente se acercó al puerto y vio el mar; fue verlo y saber  que su vida estaba ligada a aquella enorme llanura líquida, decidió que quería quedarse cerca, debía buscar trabajo y lo hizo descargando barcos. Estaba ya al borde de la desesperación cuando por fin pudo cobrar el primer jornal.  Seguía durmiendo en la calle y fue allí donde conoció a Maimouna; envuelta en su túnica de colores,  con la cabeza cubierta, atravesó el callejón que había elegido para dormir aquella noche. Parecía que los pocos dientes que aún le quedaban fueran a escaparse de su boca desdentada. Le propuso alquilarle un catre en su casa por pocos CFA.


Jawara no sabía nada de hilos y costuras pero se ofreció al sastre que pedía un aprendiz.  En un año había aprendido el oficio y también había conocido a Mamadou. Fue su primer amigo, nunca había tenido ninguno. Trabajaba para un tendero haciendo los recados y su cabeza era una jaula llena de planes. El principal era salir de Senegal e irse a Europa. Aquella era su meta. Todo el mundo hablaba de trabajo, dinero, coches,  bienestar al alcance de la mano de quien quisiera trabajar. Cuando reunieron el dinero cerraron el negocio con el tratante y emprendieron el largo viaje.
Todo lo que Jawara sabía del mar es que era enorme y frío; por eso se embarcó en aquella aventura sin pensar en otra cosa que en su necesidad de salir de la miseria. Subieron diez en aquella cáscara de nuez desconchada y medio podrida y costearon desde Dakar a St. Louis, durmieron en la arena y al día siguiente volvieron a salir hacia Nouàdhibou. El resto del camino, atravesando el Sahara hasta llegar a Marruecos fue un infierno, tuvieron que caminar sin descanso, esconderse de las patrullas, soportar el calor y el hambre. Pero todo merecía la pena, porque iban a encontrar una vida mejor. En Larache tuvieron que volver a pagar por un lugar en la patera. Jawara desenvolvió el atadillo con el resto del  dinero que había viajado con él escondido en su ropa interior.
¿Cuántos quedaron por el camino? No pensaba en ello, quería borrar los recuerdos del horror vivido a toda costa. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando pisó la arena de la playa en España. Decían que allí les acogerían bien, pero que era mejor salir corriendo y que nadie los parara, porque a los que se dejaban coger los devolvían a su país. Jawara corrió, corrió tanto que su corazón se escapaba por su boca, los pulmones le quemaban y los pies también de pisar la arena ardiente. Pero consiguió escapar y allí comenzó su aventura, aquella por la que iba a mejorar su vida, por la que iba a encontrar un lugar al que pertenecer y donde trabajar y vivir seguro.

Y ahora no podía dormir y eso no era bueno porque hacía mucho tiempo que le pasaba y porque al día siguiente tendría que levantarse muy pronto si quería trabajar ese día, saldría a la plaza a esperar que alguien buscara braceros para los toldos o el campo, cualquier cosa que le permitiera  al menos pagar el precio de aquella cama, no quería volver a la calle, tenía miedo, mucho miedo y no podía retrasarse porque había muchos esperando como él. 


©Rosa García

2 comentarios:

Mario dijo...

Siempre hay una edad en la que el futuro se asoma a preguntarte si te interesa o te sale a cuenta seguir en el pueblo que habitas, en la ciudad, en la aldea y hasta en el corazón...

Me ha gustado leerte.

Gracias

Mario

Abuela Ciber dijo...

Estas palabras mensajeras a traves de las distancias, deseo lleguen a ti y seres queridos , portadoras de cariño y energias de BienEstar:
Que tú corazón esté ligero y tus bolsillos pesados.
Que la Buena suerte te persiga.
Que cada día y cada noche tengas muros contra el viento, y un techo para la lluvia.
Que tengas alimento junto a la fogata y, risas para consolarte.
Que aquellos a quienes amas estén cerca de ti,

Y........todo lo que tú corazón desee!
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FELIZ NAVIDAD!!!
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Abuela Cyber